Correr para mí fue una actividad cotidiana durante un buen tiempo. No solo era el ejercicio cada mañana, sino que era pensar y ver el paisaje urbano. Antier Diego y yo caminamos/corrimos un trayecto de poco más de kilómetro y medio. Para mí eso no es nada pues he caminado y corrido trayectos más largos, pero para un niño de 4 años es algo sorprendente: vaya que sí corre. No corrimos más por la amenaza de lluvia.
Me sorprende Diego: su energía, su vitalidad, su imaginación. Siempre tiene que estar haciendo algo. No sólo es importante para él estar jugando, es importante también para mí: ayuda mucho a mi estado de ánimo.
Tras subirnos al barco que lleva años deteriorándose, le dije que si nos íbamos por las "vías". Así le denominó a los senderos que hay en ciertos camellones. El corre en su vía y yo en la mía. Siempre compitiendo a ver quién gana y llega más rápido a la meta, haciendo paradas y corriendo una y otra vez. El que gane Diego es importante para él. Le da mucha seguridad para las cosas que hace, pero cuando pierde se da cuenta que no siempre ganas. Por cierto: éramos trenes.