Hay ocasiones en las que me despierto con cierta inquietud. Es como si algo faltara, como si hubiera olvidado algo de importancia, como si hubiera dejado algo en el camino y reclamara su ausencia.
Miro el reloj. Son las 6:29. Si no fuera sábado ya sería tarde para ir al trabajo. No hay algún pendiente a esta hora, pero algo provoca esa inquietud. No sé, la mayoría de las veces como describirla o como darle un nombre. Pareciera que darle un nombre provocaría cierta calma.
Ya casi son las 7:00. ¿Qué hacer? Ya no puedo mas que dormitar y eso me desesperará. Es mejor levantarse y hacer algo. Recorro una vez más la habitación con la mirada. Hace falta algo, quizá un cambio. ¿Qué tal pintarla? No sólo me servirá para mantenerme ocupado. El cambio nos sentará bien.
Te miro dormir tras una noche al menos para mí inquieta. Duermes en este momento suavemente. Tu respiración es tranquila. Vas mejorando. Te mueves, te acomodas. Te miro y pienso ¿en qué soñarás?, ¿a qué jugarás en tus sueños?, ¿por qué lugares correrás? Quizá estés manejando un autobús, como cuando jugamos. O tal vez estés con una pelota, aventándola, pateándola, escondiéndola. Puede que te hayas subido a un tren (sí, de los que dicen “¡vámonos!”), un avión o un carrito.
Te mueves inquieto. Te despiertas. Te miro y me miras. Sonrío y te digo “buenos días hijo”. Contestas a medio dormir: “buenos días papito”. Esta respuesta me hace sonreír nuevamente. Jugamos mientras te animas a salir de la cama. El sueño también se te ha ido. Como siempre o como casi siempre te pregunto que cómo te sientes hoy pero sé que me contestarás “bien”. Mientras te vas quitando la ropa te pregunto: “¿qué hacemos hoy hijo?”. Te quedas pensando y un “no sé” es tu respuesta. Te platico ideas para ver qué opinas. Que si vamos al centro, que si comeremos en la casa o fuera de ella, que si nos quedamos en casa para hacer cosas. Comentamos, platicamos, decidimos.
Ya de regreso a la habitación con tu desayuno te pregunto: “¿eres feliz hijo?”. Sin vacilaciones y corriendo hacia mí mientras llevas en tu mano a “trenecito diego” me dices: “sí papi”. “¿Y por qué hijo?” Y mientras te abrazo y te doy un beso respondes con esa frase que me hace sentir aun más optimismo y confianza en el futuro: “Pues porque estoy contigo”